Recuerdo como si fuera ayer el día que decidí sacarme el carné de conducir. Treinta y tantos años y por fin me lanzaba a la aventura de aprender a conducir desde cero Vigo. Una ciudad con sus cuestas, sus rotondas y un tráfico que, a veces, parece diseñado para poner a prueba la paciencia de cualquiera. Pero la necesidad apremiaba; moverme por el extrarradio sin coche era una odisea, y depender de terceros, una limitación.
Mi primera parada fue la autoescuela. Busqué recomendaciones, comparé precios y finalmente me decanté por una en el centro de Vigo que me ofrecía buenas referencias y flexibilidad de horarios. Recuerdo la primera clase teórica. Sentado en el aula, con el manual en la mano, me di cuenta de la cantidad de normas, señales y conceptos que tenía que asimilar. Era como aprender un idioma nuevo, pero con consecuencias mucho más serias si te equivocabas. Sin embargo, los profesores eran muy pacientes y explicaban todo con ejemplos prácticos, lo que hizo que la teoría no fuera tan pesada.
Las Clases Prácticas: Del Miedo a la Confianza
Pero la verdadera prueba de fuego llegó con las clases prácticas. ¡Ay, las clases prácticas! Mi primera vez al volante fue en un polígono industrial a las afueras de la ciudad. El coche de la autoescuela me parecía una nave espacial, con tantos pedales, espejos y luces. El profesor, un hombre tranquilo con años de experiencia, me explicó los conceptos básicos: embrague, freno, acelerador, volante… Y poco a poco, con el motor rugiendo y mi corazón latiendo a mil por hora, empecé a soltar el embrague. El coche dio un pequeño salto, se caló, y ahí estaba yo, riéndome de mi torpeza.
Las primeras semanas fueron un desafío. Cada día, el profesor me llevaba por diferentes zonas de Vigo. Al principio, las calles anchas y con poco tráfico eran mi refugio. Luego llegaron las rotondas, que al principio me parecían un laberinto sin salida, y las cuestas, que eran mi némesis. Más de una vez el coche se me fue para atrás en una rampa empinada, con los cláxones de los coches de atrás como banda sonora de mi desesperación. Pero mi profesor siempre mantenía la calma, dando indicaciones claras y animándome a seguir adelante. «Tranquila, es normal al principio», me decía.
Poco a poco, fui ganando confianza. El embrague ya no era mi enemigo, las rotondas empezaron a tener sentido y las cuestas… bueno, las cuestas aún me daban respeto, pero ya no me paralizaban. Conducir por el centro de Vigo, con sus calles estrechas y llenas de peatones, se convirtió en un ejercicio de concentración y paciencia.
Hoy, puedo decir que conducir en Vigo ya no me asusta. Todavía hay momentos en los que agradezco la experiencia adquirida, pero la sensación de libertad y autonomía que me da tener el carné de conducir es inmensa. Ha sido un camino de aprendizaje constante, de superar miedos y de celebrar cada pequeño avance. Y sí, valió la pena cada euro y cada nervio.
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