Cuando comencé mi carrera en el mundo de las leyes, muchos daban por hecho que mi destino terminaría en un despacho tradicional de la calle Colón, rodeado de códigos civiles de lomo desgastado y litigios sobre lindes de fincas. Sin embargo, mi pasión siempre tuvo un pie en el futuro. Hoy, trabajar en derecho tecnológico en Vigo me permite vivir en esa intersección fascinante donde la normativa europea se cruza con la innovación que late en el sur de Galicia.
Vigo no es solo el motor industrial de la comunidad por su puerto o su sector automovilístico; se ha convertido en un hervidero de empresas de base tecnológica, startups de inteligencia artificial y desarrolladoras de software que necesitan algo más que un abogado: necesitan un socio estratégico que entienda el código fuente tanto como el código penal. Mi jornada suele empezar frente a la ría, pero mi mente está en la protección de datos, la ciberseguridad y la propiedad intelectual.
Lo que más me apasiona de mi labor es la diversidad de desafíos. Un martes puedo estar redactando los términos y condiciones para una plataforma de e-commerce que pretende vender desde el Berbés al resto del mundo, asegurándome de que cumplen escrupulosamente con el RGPD. El miércoles, quizás me encuentre asesorando a una empresa sobre la legalidad de sus algoritmos de IA o negociando contratos de transferencia tecnológica. En Vigo, el talento es inmenso, pero a menudo los emprendedores olvidan que una buena idea sin un blindaje legal sólido es una idea vulnerable.
Trabajar aquí tiene un sabor especial. Hay una cercanía que no encuentras en las grandes firmas de Madrid. Mis clientes no son solo expedientes; son personas con las que comparto un café en el Casco Vello mientras discutimos sobre el blockchain o los derechos de autor en la era digital. Además, la colaboración con instituciones como la Universidad de Vigo y su polo tecnológico me obliga a estar en formación continua. En el derecho tecnológico, si dejas de estudiar una semana, te has quedado atrás.
Vivir en esta ciudad me permite el lujo de cerrar acuerdos complejos sobre activos digitales y, diez minutos después, estar caminando por la playa de Samil para desconectar del mundo virtual. Ejercer el derecho tecnológico desde Vigo me ha enseñado que no hace falta estar en Silicon Valley para estar a la vanguardia. Aquí, entre el granito de nuestras calles y la velocidad de la fibra óptica, estamos construyendo las reglas del mañana. Y no hay nada más gratificante que ser el arquitecto legal de esa transformación.
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