Conseguir información sobre las Cíes desde Barcelona fue, sin darme cuenta, el primer paso del viaje. No estaba aún en un barco ni pisando arena blanca, pero ya tenía la cabeza puesta al otro lado del mapa. Desde mi piso en Barcelona, con el ruido habitual de la ciudad colándose por la ventana, empecé a investigar sobre ese pequeño paraíso del que todo el mundo hablaba con una mezcla de admiración y respeto.
Al principio pensé que sería sencillo. “Islas Cíes”, escribí en el buscador, convencido de que en pocos minutos tendría todo claro. Pero pronto me di cuenta de que no era solo elegir una fecha y presentarse allí. Las Cíes tienen normas, cupos diarios, permisos y temporadas muy concretas. Y eso, visto desde Barcelona, parecía aún más complejo. La distancia no era solo geográfica, también mental.
Pasé tardes enteras leyendo artículos, blogs de viajes y páginas oficiales. Descubrí que el acceso está regulado para proteger el entorno, algo que me tranquilizó y me hizo valorar aún más el lugar. Aprendí sobre los barcos que salen desde Vigo, Cangas o Baiona, sobre la necesidad de solicitar autorización previa y sobre las playas más conocidas, como Rodas, que muchos consideran de las mejores del mundo. Cada dato nuevo alimentaba las ganas de ir.
Lo curioso fue cómo ese proceso de búsqueda se convirtió en una especie de ritual. Después del trabajo, me sentaba con el portátil y me trasladaba mentalmente a Galicia. Miraba mapas, calculaba trayectos, comparaba opciones para llegar desde Barcelona y pensaba en cómo encajar el viaje en unos pocos días libres. No era solo logística; era ilusión tomando forma poco a poco.
También hablé con gente que ya había estado allí. Amigos, conocidos, incluso compañeros de trabajo. Cada conversación añadía una capa distinta: recomendaciones, advertencias, anécdotas. Algunos insistían en madrugar, otros en quedarse hasta última hora para ver caer el sol. Todos coincidían en algo: las Cíes no se visitan, se respetan. Y eso me hizo entender que informarme bien era parte de esa actitud.
Desde Barcelona, acostumbrado a playas urbanas y a un ritmo acelerado, imaginar las Cíes era imaginar silencio, naturaleza y tiempo lento. Comparaba mentalmente la Barceloneta con Rodas, el asfalto con los senderos de la isla, el bullicio con el sonido del mar. Esa comparación hacía que el viaje, aunque aún lejano, ya valiera la pena.
Cuando por fin sentí que tenía toda la información necesaria, experimenté una satisfacción curiosa. No había salido de casa, pero ya me sentía más cerca. Conseguir información sobre las Cíes desde Barcelona no fue solo una tarea práctica, fue una forma de empezar a desconectar antes de tiempo, de construir el viaje desde la expectativa.
Ahora sé que parte del encanto estuvo en ese proceso. En buscar, aprender y anticipar. Porque a veces, cuando un destino es especial, el viaje empieza mucho antes de hacer la maleta. Y para mí, las Cíes comenzaron allí, frente a la pantalla, soñando Galicia desde Barcelona.
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